AA.VV
El encuentro entre España y Japón en las aguas del Pacífico pasó por unos momentos de grata convivencia y otros de enconada rivalidad. En las postrimerías del siglo XVI, gobernadores y frailes soñaron en Manila con cristianizar a los japoneses, mientras que los mercaderes se desvivían por comerciar con pólvora, catanas, biombos y otras mercancías niponas. Pero los españoles no solo tuvieron que hacer frente a los ataques corsarios en las costas de Luzón, sino que también temieron sufrir una invasión por orden de Toyotomi Hideyoshi a partir de 1592. Este destacado gobernante consiguió unificar el país, pero, receloso de las novedades traídas por los religiosos, ordenó en 1598 su destierro. Su sucesor, Tokugawa Ieyasu, además de dar feroz escarmiento a los piratas, abrió el comercio con la Nueva España, y envió en 1610 una embajada de paz a Felipe III, aun siendo contrario a la conversión del Japón. A su vez, el samurái Hasecura, en nombre de su señor feudal, acudió a España en 1614 para ofrecer obediencia al rey y al papa. Sin embargo, el bello sueño terminó muy pronto: en 1615 Ieyasu maltrató a