Entre el siglo XVII y 1832, los cirujanos británicos enfrentaban una paradoja legal letal: la ley exigía que demostraran pericia quirúrgica, pero prohibía que disecaran cadáveres para aprenderla. Ningún hospital proporcionaba cuerpos; solo los condenados a muerte los ofrecían, en cantidad insuficiente. Alguien tenía que romper la ley. Fueron los sack-'em-up men, los hombres del saco, los desenterradores de tumbas, quienes poblaron este vacío legal. 'Ladrones de cadáveres' recorre dos siglos de este comercio clandestino que permitió que William Harvey comprobara la circulación sanguínea, que Sir Charles Bell revolucionara la neurología, que Edward Jenner desarrollara la vacuna. El libro abre con la historia de la anatomía desde Galeno hasta los Monro de Edimburgo, pero su eje es el crimen: los asesinatos de Burke y Hare en 1828, que transformaron los resurrectionists en asesinos y expusieron el horror de un sistema que compraba cadáveres sin preguntar. El anatomista Robert Knox fue arrastrado a la infamia. El cirujano Astley Cooper testimonió en su propia defensa. Ball, oftalmólogo e