Las guerras del siglo XXI no emergen como acontecimientos aislados, sino como respuesta a qué configura el poder y cómo se legitima su ejercicio en contextos frágiles. De las 49 guerras que han existido entre 2000 y 2025, 31 tuvieron como uno de los factores más importantes la lucha por el poder político, aunque junto a otros aspectos como la etnopolítica, la búsqueda de un autogobierno, el control por los recursos naturales, la presencia yihadista o la defensa de la identidad cultural. En el 54% de los casos estudiados, la intención y propósito era conseguir el poder a nivel nacional, mientras que en el 34% se buscó el control del poder político regional, y en el 12% restante, los grupos armados simplemente querían influir a escala nacional, pero no tomar el poder. Estos conflictos nacen de fracturas localizadas (territoriales, étnicas o comunitarias), que actúan como plataforma inicial para desafiar al Estado. Incluso en los casos en que los grupos armados lograron proyectarse a nivel nacional, la retención del control territorial regional fue decisiva, tanto para sostener la movilización como para dar cre