AA.VV
América y Filipinas adquirieron en el siglo XVIII el máximo protagonismo en el entramado político, económico y militar de la Corona española. La crisis de la Guerra de Sucesión, con la pérdida de la armada atlántica en Rande, hizo imperativas reformas profundas en los años que siguieron a la contienda, no solo para restablecer las vitales comunicaciones entre Cádiz y los puertos americanos, sino también para la defensa de las aguas del Caribe y el mar del Sur -el océano Pacífico- frente a piratas y contrabandistas ávidos de las riquezas de una España que se percibía exánime tras el Tratado de Utrecht. A lo largo de la centuria, las reformas borbónicas devolvieron la seguridad a las rutas y costas americanas merced a un programa de reformas y rearme que integró antiguas y nuevas estructuras -orgánicas, administrativas, logísticas- en un sistema que el enemigo británico solo pudo quebrar en una ocasión -con la toma de La Habana y Manila en 1762-, y ni mucho menos de forma definitiva. En el renovado poder de la Armada española en Ultramar fue decisivo el Arsenal de La Habana, el más activo de la monarquía, que