Una mañana de mayo de 1940, una mujer acaba de dar a luz. Es madre primeriza y la felicidad de ese prodigio la embarga: qué bello sería entregarse a esa placidez por estrenar. Fuera, sin embargo, el asedio de la realidad no cesa: «bombardeos en serie y salvas de fuego, impactos que se mezclan, se confunden, y todo se amplifica, se torna caótico y parece sostenido por el intenso y rítmico tumulto de las sirenas». Así es, los nazis están invadiendo su país, Bélgica, y ella ha de unirse a los millones de exiliados que recorren los caminos en dirección a Francia: mujeres, niños y ancianos huyen de la guerra, escapan de las tropas enemigas y dejan pueblos y ciudades desiertas. La hemorragia posparto, su debilidad, de algún modo, atenúan, sofocan, lo que experimenta durante este éxodo. Pero no atenúan ni sofocan la necesidad de proteger a su hija recién nacida: toda su atención, toda su voluntad se dirigen hacia ese objetivo. Los soldados franceses, los habitantes de las aldeas donde hacen noche, sus compañeros de infortunio: de todos ellos ?seres asustadizos y a menudo egoístas, pero también sensibl