Quien entre en esta novela que pierda toda esperanza de encontrarse consigo mismo. Tampoco con lo Otro, ese espejo opaco que nos acaba construyendo. Con lo que si va a encontrarse es con 1590 entradas o textos, breves en su mayoría, que datan y contextualizan lo que el autor subtitula como Diario de rodaje. Pero no se hagan la ilusión de que alguien les va a contar una historia de aires cinematográficos. No. La novela no cuenta ni lo que es ni lo que está («el español nos tiende trampas binarias», escribe el narrador). Lo que leemos es una mirada, es decir, un registro, una observancia, un archivo semántico en el que las palabras se van contrarrestando una y otra vez al tiempo que crean y demuelen un paisaje, una trama para la que no existen expectativas.
Repito: quien entre en esta novela que pierda toda esperanza de encontrarse, o desencontrarse, consigo mismo. Porque ese narrador, que mientras escribe se vacía de las palabras que lo llenan, no es ?lo siento por ustedes ¡hipócritas lectores de esta contratapa!? un narrador capitalista, es decir, aquel que nos halaga porque sabe que en r