Nuestra experiencia del tiempo se ha convertido casi en una dolencia. Byung-Chul Han dice que sufrimos una crisis de la temporalidad, mientras que Harmut Rosa sostiene que nuestra vida acelerada nos aliena. Andamos siempre con mil prisas. Nos afanamos en perseguir un futuro al que siempre estamos llegando ya tarde. Apenas disponemos de tiempo para conversar o contemplar, para atender con calma, para cuidar o meditar. Según Hans Jonas, el problema de fondo es que estamos intentando algo imposible: queremos habitar una "temporalidad sin presente". Esta falta de presente no es inocua, tiene efectos psicopatológicos, en forma de angustia o ansiedad, depresión, falta de atención e incluso, en los casos más graves, tendencias suicidas hasta en personas muy jóvenes. La temporalidad sin presente está también en la base de algunas patologías sociales, como el progresismo, que tiende a sacrificar el bien imperfecto ya presente en aras de un supuesto futuro de perfección. Una vez presentados los achaques de nuestra temporalidad, hay que explorar posibles vías de solución. Se requiere, para ello, un cierto cambio en la