La noche del 11 de febrero de 2002, casi trece millones de espectadores siguieron la final de la primera edición de Operación Triunfo. Rosa, Bisbal, Bustamante, Chenoa y el resto de concursantes del talent show ya no eran solo unos jóvenes que soñaban con ser cantantes: se habían convertido en auténticas estrellas que pasaron a formar parte de la memoria sentimental del país.El fenómeno OT desbordó la pequeña pantalla y puso patas arriba la industria musical. Mientras los discos vinculados al programa, producidos a toda velocidad, vendían millones de copias, artistas que llevaban años luchando por hacerse un hueco vieron cómo las reglas del juego cambiaban de la noche a la mañana.Esto no es un libro de OT. Telerrealidad, discos pirata y obsesión por el triunfo, del periodista musical Pedro Ángel Sánchez (Las chicas de oro, Nada es eterno salvo la Carrà), reconstruye la historia de los sueños cumplidos y truncados de los «triunfitos» y de muchos otros intérpretes que vivieron en primera persona una época definida por el avance de la piratería, la transformación de las radiofórmul