El mundo entero cabe en una habitación. Los objetos que descansan en las repisas, los que cuelgan de las paredes o incluso las baldosas del suelo que pisamos hablan de nosotros y de nuestras aspiraciones, pero también son la proyección de la historia más reciente, de su gloria y sus fracasos.En Luz de paso la imagen de una tostadora abre una brecha en la conciencia de la narradora a las entrañas del mundo en el que vivimos. Y una vez se posan los ojos sobre este abismo es imposible apartar la vista de esa malla tejida con los objetos que nos rodean y el reguero de violencia que han dejado en su camino hasta nuestras casas. Desde las guerras que arrasan países y vidas hasta las minas de extracción de coltán, desde un imán en la nevera hasta la cola de una ardilla; todo forma parte del entramado de nuestra cotidianeidad. Mientras la mirada se detiene sobre cada artefacto, el lenguaje se desboca, salta de uno a otro para trazar las relaciones vertiginosas que unen lo local y lo global, la ternura y la brutalidad. Como si esa velocidad y esa acumulación implacable fuesen lo único que da cuenta de