La moda es tal vez el lenguaje político más subestimado de la historia, pero también el más visible, una de las formas más eficaces de medir y representar el poder. Desde la púrpura imperial de Julio César hasta la gorra roja popularizada por Donald Trump, el cuerpo vestido ha servido para marcar una jerarquía visible, como forma de amenaza y exclusión o como promesa de igualdad. En la Europa del siglo XVI, soberanos como Isabel I de Inglaterra entendieron que su cuerpo era un escenario político. Joyas, afeites y siluetas construían autoridad antes que los discursos. Mucho antes, el Código de Hammurabi regulaba quién debía vestir qué; después, las leyes suntuarias, las marcas impuestas a minorías o las camisas negras del fascismo confirmaron que controlar la apariencia era controlar el orden social. Y, sin embargo, también ha sido espacio de resistencia y transgresión. Las sufragistas hicieron del violeta, el blanco y el verde una consigna; el gorro frigio simbolizó ciudadanía; líderes como John F. Kennedy o Margaret Thatcher supieron que un traje o un bolso podían transmitir modernidad y firmeza mejor que l