La Sed de siempre se escribe desde una conciencia que ha perdido toda garantía de sentido. Frente al silencio donde cuerpo, mirada y deseo quedan expuestos ùcomo llagas que sostienen toda poesíaù una voz avanza entre reflejos y desdoblamientos: un rostro que no se reconoceà un cielo que se abre como abismoà una divinidad hueca observada desde la intemperie de su carne. Los poemas, como plegarias, se quiebran ante el límite del lenguaje para iluminar ùaunque sea por un instanteù la herida que los origina: Señor / la tarántula en su blasfemia no bebió mi sangreù/ acarició mi pielàEntre mito y fractura, entre éxtasis y putrefacción: La sed de siempre habita el lugar donde la poesía no redime, pero tampoco calla.Aquí se anuncia una obra cuyo porvenir será tan inquietante como luminoso. Pablo Narval