No es extraño que al escuchar la palabra anticuario frunzamos el ceñoy nos llevemos la mano a la cartera. Nos vienen a la mente imágenes de establecimientos vetustos llenos de polvo, en los que los objetos seamontonan como las ruinas que ha dejado la Historia. Y el anticuario,testigo privilegiado de interiores ?de las casas, pero también de lasmiserias humanas?, negociante astuto y custodio de fondos deprocedencia desconocida, no deja de ser una figura oscura y un tantoenigmática. En la imaginación popular, su oficio se asocia antes alcambalache de objetos que al valor de los objetos en sí. Se pasa poralto que, si los anticuarios no mediaran en su conservación, muchos de ellos se perderían para siempre. Sospechoso de ser cómplice ?cuandono perpetrador? de robos, estafas y expolios, reina un gran silenciorespecto a su papel como descubridor y restaurador. Porque si bien escierto que el anticuario se gana la vida con el comercio, no lo esmenos que el verdadero anticuario, aquel que se ha forjado entrenandoel ojo para saber si una pieza tiene valor, es también una suerte deconnaisseur. En estos trece episodios