Dos noches de insomnio separadas por varios años de vida; dos vigilias distintas en la existencia de una mujer. Fuertes, cafeinadas, afiladas, cada una de ellas un potente crisol de reminiscencias y aspiraciones, colmadas tanto de pasado como de futuro, nos dan a conocer a Christine Grave. En la primera, inmóvil en su cama por el miedo a despertar a su madre enferma, que duerme en la habitación contigua, repasa escenas de su día a día y afronta sus desasosiegos. Desea escribir, lleva años ansiándolo, sabiendo que ése era su destino, acariciándolo y temiéndolo. Sin embargo, en la convivencia con su madre se ha establecido una servidumbre, un chantaje moral que la deja sin tiempo, sin fuerzas, sin expectativas: ella es la encarnación perfecta de esa hija soltera que ha de cuidar a sus mayores. Han transcurrido décadas de una delicada lucha de poder en la que Christine trataba de hacer valer su independencia, la entrega a su trabajo, su rechazo a la maternidad y su reconciliación con la soledad; pero la enfermedad de su madre resquebraja sus pretensiones. Aun así, la vida siempre es más compleja de