Desde las tradiciones grecolatinas hasta las influenciasjudeocristianas, pasando por los cambios provocados por la modernidad, la secularización y el avance de la biomedicina, cada época ha dejado una huella particular en la manera de concebir el fin de la vida. Enla actualidad, la desnaturalización de la muerte, junto con el aumento de la esperanza de vida y la proporción de personas con dependenciafuncional o enfermedad crónica, ha desembocado en su desplazamientodel ámbito comunitario y cotidiano hacia los hospitales einstituciones de cuidados de larga duración. Esta realidad evidenciala necesidad de una intervención humanizada, capaz de acompañar elproceso de morir de manera integral, pues el sufrimiento que persistea pesar de los avances tecnológicos y farmacológicos interpela yrecuerda que su alivio requiere una atención sociosanitariaverdaderamente humana que contemple a la persona en todas susdimensiones (biológica, psicológica, social y espiritual).