Entre la primera copa de vino y la última cucharada del postre caben, de sobra, dos vidas y todos sus intersticios. La primera novela de Lucas Sánchez, No hay que hablar mucho, se articula en torno a una comida de cumpleaños entre un padre y un hijo. Durante ese encuentro, en el que casi nada es explícito, se despliegan las dinámicas de una relación marcada por los sobreentendidos, la distancia, el duelo silencioso y una manera aprendida, casi heredada, de estar en el mundo. La prosa de Lucas Sánchez recuerda a Zadie Smith en su inteligencia narrativa y a Miqui Otero en la ternura que despliega su mirada.No hay que hablar mucho se arriesga a atravesar el inmenso desierto de la masculinidad ante los ojos de un muchacho que empieza a cuestionársela y ante los del hombre que le enseñó a ejercerla.
«Esta historia empieza con un pitido de coche y acaba con un porro. Entre medias pasa mi vida y pasa la de mi padre, aunque, en realidad, sólo sea una comida más de cumpleaños. Desde que murió Candela, mamá, aunque por alguna razón nunca la llamé mamá y siempre la llamé Candela, celebro mi cumpleaño