Hemos considerado siempre La Vida Nueva como la obra central del autor, en cuanto parteaguas de la misma, porque en esta los lectores de Zurita de la autodestrucción o de la proximidad de la salvación se encontraban sobre todo ante la naturaleza chilena, fundida con pulsiones, recuerdos y escenas personales de desastre o amor: escenas alucinadas donde de pronto aparecía un paisaje omnipresente de ríos, playas, desiertos, nubes, nevados, rompientes, etc., pero también rostros como vislumbres en aquel paisaje. Los lectores pudieron pensar que, con esta obra, Zurita salía de su mundo de destrucciones con un canto a la naturaleza. Y era fácil interpretar que entrábamos en un canto general, con épica clausurada, pero, al fi n, testimonio de la naturaleza chilena, como lo fue el de Neruda. Un canto que, en su progresión, va evidenciando que la naturaleza es amor, violencia y movimiento, y en cuya lectura, poema tras poema, comprendemos que aquella consigue reflejar un vivir con sus pasiones y sus muertes, como las de los seres humanos. Esa poetización personalísima de la naturaleza logra reflejar una forma de alma